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El CCAS surgió en 1977 -al inicio de la dictadura de la
Doctrina de la Seguridad Nacional- no como un nuevo agrupamiento
y sin ningún atisbo de divergencia con referencia a la unidad,
sino como un compromiso de solidaridad militante, aspirando a
aportar desde los valores y principios del Movimiento de los
Trabajadores, a su contenido social, humanista y cristiano y a
la unidad de los pueblos latinoamericanos. Planteamos entonces
la necesidad de construir una nueva sociedad fundada en la
libertad, la democracia y la participación activa y real de los
trabajadores. Principios y valores coincidentes con las banderas
asumidas por los trabajadores argentinos el 17 de octubre de
1945, que se traducen en los emblemas de la justicia social, la
soberanía política y la independencia económica, diluidos y
bastardeados en la actualidad por la aplicación de un modelo
neoliberal salvaje.
Hoy nuestras organizaciones han decidido
constituirse formalmente como una corriente al interior del
Movimiento Sindical, a fin de contribuir, desde nuestro
pensamiento, acción y organización, al compromiso que debe
asumir la sociedad toda.
La realidad plantea serios y nuevos
desafíos, no sólo a los trabajadores, sino a la sociedad en su
conjunto, que no encuentra el camino de su desarrollo político,
económico, social y cultural y que enfrenta una profunda crisis
de liderazgo y de dirigencia, de la que no podemos excluirnos. A
la crisis de las instituciones republicanas, se agrega la de las
organizaciones civiles, que incluyen a las sindicales, porque la
crítica situación que soportan los trabajadores, con y sin
trabajo, impacta sensiblemente a sus sindicatos, que otrora
fueron verdaderas herramientas políticas de reivindicación
social. No puede negarse que el modelo neoliberal, nacido en los
albores de la dictadura militar está logrando su cometido de
fragmentación y disciplinamiento social, estableciendo a la
insolidaridad como cultura y destruyendo a las organizaciones
del pueblo.
El neoliberalismo desarrolló sistemáticamente una
profunda revolución cultural triunfante, desprestigiando a
todas las instituciones y organizaciones de la solidaridad, para
que el mercado asumiera el conjunto de las relaciones sociales e
interpersonales. Un modelo que es filosófico, ideológico,
doctrinario, político, social, cultural, ética, económico y
antropológico, ofreciendo una ciudadanía virtual para
transformar a los argentinos en alegres transeúntes hacia la
modernidad. En esta dimensión, capitalismo y democracia fueron
sinónimos inseparables. La democracia se transformó en una
suerte de primavera de los dirigentes políticos, en una
caricatura grotesca y protocolaria y la política quedó cerrada
en el puño de un cadáver.
En esta democracia formal,
mentirosa, puramente retórica y que sólo tiene como emblema a
las urnas -que cada vez se vacían más- los trabajadores y sus
organizaciones representativas han pagado el precio más injusto
e inhumano, en una clara estrategia de confiscación del poder
social, limitando groseramente sus derechos humanos básicos y
sus libertades individuales y colectivas, al mismo tiempo que el
valor subjetivo del trabajo, el trabajo humano, el hombre que
trabaja, ha pasado de ser la clave central de la cuestión
social, a insertarse en un sistema de valores perverso y
contradictorio.
No es casual el descreimiento creciente del
pueblo en las instituciones republicanas, en los políticos, en
una clase dirigente toda, que después de años de lucha en la
que quedaron en el camino miles de muertos, no ha encontrado las
respuestas a los desafíos, ha persistido en caminos
tradicionales, posibilitando cada vez más el debilitamiento del
Estado, sin advertir -o advirtiéndolo en sus expresiones más
radicalizadas- que la partidocracia concebida como un sistema de
votos cautivos, atrofia peligrosamente todo posibilidad de un
salto hacia la democracia real.
Porque lo cierto es que tenemos
que ser honestos con nosotros mismos, como para reconocer que
este modelo neoliberal no hubiera cerrado con un movimiento de
trabajadores integrado, movilizado, con objetivos claros, en
activa defensa de sus intereses y conquistas alcanzadas tras
largos años de lucha y sin haber abandonado su vocación y
voluntad de alcanzar el poder social. La Central Latinoamericana
de Trabajadores, señala que "la tesis del protagonismo
determinante de la clase trabajadora organizada encara un reto
de fondo. La tesis hasta ahora sostenida de que la clase
trabajadora organizada debe convertirse en el sector
privilegiado y determinante de los procesos de democratización,
del nuevo desarrollo y de la integración latinoamericana se
hace cada vez más problemática, y tiene delante de sí retos
formidables y nada fáciles de encarar y responder".
Y
prosigue señalando que "la emergencia de una nueva clase
trabajadora, con todas sus situaciones y segmentaciones
internas; la incapacidad del sindicalismo establecido para
asumir estas nuevas situaciones; la creciente práctica
corporatista, con la consecuente ruptura de la solidaridad; la
falta de conciencia y voluntad política para autotransformarse,
es decir, renovarse y reestructurarse; la ausencia de un
pensamiento y de una práctica nueva, de propuestas y de
respuestas; la emergencia de nuevos movimientos sociales, en
ocasiones con mayor poder de convocatoria que el sindicalismo
establecido y la falta de visión y de política de éste para
articularse con esos movimientos; el desinterés creciente de
las nuevas generaciones ante las organizaciones de trabajadores
existentes; la enorme masa de población activa que seguirá
creciendo totalmente desprotegida para hundirse cada vez más en
la pobreza crítica y la marginalidad social y que no se siente
ni interpelada ni representada en el sindicalismo clásico,
cuestiona y reta radicalmente la tesis del protagonismo
determinante de la clase trabajadora organizada, ya que sin
resolver estos desafíos no puede haber tal protagonismo y más
bien se asistirá a la emergencia de nuevos actores sociales,
culturales, políticos, que asumirán ese protagonismo
determinante".
Este es el gran desafío que a través del
CCAS tenemos los trabajadores, sus dirigentes y sus
organizaciones, sino queremos terminar en definitiva cooptados
por la ideología neoliberal. Y esta también es una tarea
colectiva que exige del compromiso militante encarnado en un
nuevo modelo sindical que asuma de manera contundente los retos
del presente y del futuro, recuperando la defensa de los
intereses políticos y sociales del conjunto de los
trabajadores. En esta idea, el modelo sindical debe
transformarse no para dividirnos y atomizarnos -siguiendo la
línea de años pasados en la sociedad- sino para restaurar la
solidaridad frente al individualismo. La premisa histórica de
la vida sindical ha sido la unidad y la organización,
principios que forman parte de la naturaleza de todo colectivo
social, por lo que el extremo de la solidaridad es la unidad y
el del individualismo es la división y fragmentación que
favorece a los enemigos de los trabajadores y de la Nación. Hoy
el país está en peligro como nunca antes, y los trabajadores
queremos darle respuesta, para afirmar que no vamos a dejarla
morir. |